María, Paraíso Terrenal del Nuevo Adán
Olivier Maire smm
Introducción:
El Calvario de Pontchâteau edificado hace tres cientos años (1709-1710) por san Luis María Grignion de Montfort y una población entera, de la cual supo ganar la adhesión para esta obra extraordinaria, puede leerse con clave mariana en la toma en cuenta simbólica de las imáge-nes que suscita.
Para la construcción de este Calvario gigantesco, san Luis María utiliza el soporte natural de la Landa de la Magdalena que estaba sobreelevada en forma de “champiñón” dicen las fuentes. El nombre del lugar presenta un cierto quiebro: lo natural (la landa) es ya marcado de sobrena-tural (santa María Magdalena). La landa de la Magdalena es una elevación a la vez geográfica y espiritual… Landa misteriosa donde lo “sobrenatural” emerge en varios sitios y épocas: el menhir prehistórico, o el huso de la Magdalena que gira sobre si mismo durante la noche de la fiesta de santa María Magdalena, aparición de las cruces en el cielo de mediodía a unos pasto-res hacia los principios de los años 1670 (alrededor del año de nacimiento de san Luis María, 1673), las palomas indicando ellas mismas el lugar del futuro calvario al tomar en su pico, tie-rra del lugar anteriormente elegido de ‘Sainte Reine de Bretagne’, y los innumerables milagros y hechos extraordinarios que han acompañado su construcción… Tantos signos que nos invitan a leer más allá de simples hechos y apariencias…
La colina artificial del Calvario y el proyecto “con paisaje” que lo rodea (unos jardines y un “ro-sario” de árboles y capillas) dan de ello un carácter “poético”, una creación, tantas imágenes y figuras a leer, pensar, meditar, unos “sujetos de oración (…) [a] guardar en su memoria” (cf. Cántico 2, 41-44).
El proyecto de san Luis María es centrado alrededor del eje de la cruz de Cristo hecha con un hermosísimo castaño de cincuenta pies de alto, coronado con una representación del Santo Espíritu, y plantado en la cima de una colina artificial constituida por las tierras traídas de los fosos que forman el recinto exterior del Calvario. Entre la montaña y los fosos, ciento cincuen-ta pinos y quince cipreses dibujan un gran círculo: un rosario rodeando el calvario. San Luis María había previsto la construcción de capillas donde hubieran sido representados los quince misterios del Rosario con figuras de tamaño natural. Una sola entrada es acondicionada frente al crucifijo, con dos jardines, uno llamado “paraíso terrestre” y el otro, el “huerto de los oli-vos”.
El Calvario de Pontchâteau, al cristocentrismo acentuado, ofrece a la vista cuatro imágenes que nos lleva a la Virgen María: la montaña, el jardín, el árbol, el rosario.
A. La Montaña santa
El Calvario de Pontchâteau devuelve sin ninguna sombra al Calvario de Jerusalén (cf. Cánticos 134 y 164), la Montaña santa de Jerusalén, centro del mundo. En su meditación del Salmo 68 (Vulgata), el Padre de Montfort da una interpretación mariana a esta “Montaña de Dios” (Sal 68, 16-17):
“Quien es, Señor, Dios de Verdad, esta misteriosa montaña de la cual dice tantas mara-villas, sino María, su querida Esposa, de la cual ha puesto los fundamentos sobre las cimas de las montañas más altas.” (Súplica Ardiente, 25)
En esta montaña viene a sobreponerse otras montañas bíblicas, del Monte Sinaí al Monte de los Olivos:
“De lo alto de esta montaña, como unos Moisés, lanzará con sus ardientes oraciones unas puntas contra sus enemigos para derribarles o convertirles.
“En esta montaña aprenderán de boca misma de Jesucristo, que vive siempre en ella, la inteligencia de sus ocho beatitudes.
En esta montaña de Dios serán transfigurados con él como en el Tabor, morirán con él como en el calvario t subirán al cielo con él como en la montaña de los Olivos” (Súplica Ardiente, 25)
La Santísima Virgen María es esta Montaña santa donde podemos estar con Jesucristo, en su compañía: “Santuario de la Divinidad” (VD 262), “Oratorio del corazón” y “Torre de David” (SM 47; cf. Cánt 4, 4). Es el Lugar de su Presencia y de su Epifanía; el “Lugar divino” (VD 261) donde somos semejantes a Cristo, transformados en Jesucristo (cf. VD 119); imagen de la verdadera y perfecta devoción:
“La plenitud de nuestra perfección consiste en asemejarnos, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda al-guna, la que nos asemeja, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la criatura más semejante a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que me-jor nos consagra y hace semejantes a Nuestro Señor es la devoción a su santísima Ma-dre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.
La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagra-ción de sí mismo a la Santísima Virgen. Esta es la devoción que yo enseño, y que con-siste en otras palabras en una perfecta renovación de los votos y promesas bautisma-les . (VD 120)
B. El jardín
El Calvario del Padre de Montfort es un inmenso jardín. Un jardín cerrado por unos profundos fosos que acondicionan una sola entrada frente a Jesucristo. San Luis María de Montfort utiliza muchas veces esta metáfora del “jardín bíblico” (muchas veces bajo al forma del “paraíso”) pa-ra hablar de María. ¿Cuál es la relación (cf. VD 262) que une la Virgen María al jardín? Los dos son un “lugar”, un lugar divino.
María es el jardín cerrado, hortus conclusus, y la fuente sellada, fons signatus, del Cantar de los Cantares (Cánt 4, 22; cf. VD 263 y 5). Es un lugar santo cuyo acceso está reservado como la Montaña santa (cg. Ex 19, 12, 21-24), “Paraíso de la Trinidad” (C 90, 58):
María es el santuario y tabernáculo de la Santísima Trinidad, donde Dios mora más magnífica y maravillosamente que en ningún otro lugar del universo, sin exceptuar los querubines y serafines; a ninguna criatura, por pura que sea, se le permite entrar allí sin privilegio especial. (VD 5)
Santuario de la Santísima Trinidad, María es la Tienda del Encuentro, el Arca de la Alianza donde Dios esta sentado sobre los Querubines, Sala del Trono donde Dios se sienta rodeado de los Serafines (cf. Is 6), Lugar sagrado donde solo el Sumo Sacerdote podía entrar envuelto del incienso del misterio, si la Gloria se lo permitía (cf. Ex 40, 34-35, Lv 16, 1-2, 12-13; 1 R 8, 10-13; Si 50, 5-11; Heb 9, 7-8). Gran sala de los Misterios divinos, el conocimiento de María está reservado a l@s cuya revelación se da (cf. Mt 13, 11; Rom 16, 16, 25; 1 Cor 2, 7; Ef 1, 9; 3, 3, 9-11; Col 1, 26; 2, 2) El conocimiento de María, escondida y encerrada desde los orígenes (cf. VD 2-5), “secretos de los secretos del Rey” (VD 11) se revela ahora para que se conozca el Misterio de Jesucristo:
El corazón me ha dictado cuanto acabo de escribir con alegría particular para demostrar que la excelsa María ha permanecido hasta ahora desconocida y que ésta es una de las razones de que Jesucristo no sea todavía conocido como debe serlo. De suerte que, si el conocimiento y reinado de Jesucristo han de dilatarse en el mundo como ciertamen-te sucederá , esto acontecerá como consecuencia necesaria del conocimiento y reinado de la Santísima Virgen, quien lo trajo al mundo la primera vez y lo hará resplandecer la segunda. (VD 13)
Desgraciadamente, el secreto de María es un “misterio de gracia desconocida incluso a los más sabios y espirituales de entre los cristianos” (VD 21; cf. VD 33)
Pero ¡qué difícil es a pecadores como nosotros obtener el permiso, capacidad y luz sufi-cientes para entrar en lugar tan excelso y santo, custodiado ya no por un querubín como el antiguo paraíso terrenal , sino por el mismo Espíritu Santo, que ha tomado posesión de él y dice: ¡Eres jardín cerrado, hermana y novia mía; eres jardín cerrado, fuente sellada! Hortus conclusus soror mea sponsa, hortus conclusus, fons signatus [Ct 4, 12]. ¡María es jardín cerrado! ¡María es fuente sellada! ¡Los miserables hijos de Adán y Eva, arrojados del paraíso terrenal, no pueden entrar en este nuevo paraíso sino por una gracia excepcional del Espíritu Santo que ellos deben merecer.” (VD 263)
“¡Feliz una y mil veces en esta vida, aquel a quien el Espíritu Santo descubre el secreto de María, para que lo conozca! ¡Feliz aquel que puede entrar en este jardín cerrado y beber a grandes tragos el agua viva de la gracia en esta fuente sellada! (Cant 4,12; VD 263 nota). En esta criatura amabilísima sólo se hallará a Dios.” (SM 20)
Este jardín es doblemente paradójico: se entra a la vez por gracia y mérito (cf. SM 1-6) , está cerrado y abierto, secreto y revelado… Porque es un lugar santo del Misterio… ¿Qué pasa en este jardín? El mayor de los secretos:
“Después de haber obtenido, mediante la fidelidad, esta gracia insigne, te es necesario permanecer encantado en el hermoso interior de María, descansar allí con seguridad y perderte en él sin reserva, a fin de que en este seno virginal:… te formes en Jesucristo, y Jesucristo sea formado en ti. Porque el seno de María dicen los Padres es la sala de los sacramentos divinos, donde se han formado Jesucristo y todos los elegidos: Uno por uno, todos han nacido en Ella (Sal 87 [86],5. (VD 264) El tiempo no me permite dete-nerme aquí para explicar las excelencias y grandezas del misterio de Jesús que vive y reina en María, es decir, de la encarnación del Verbo. Me contentaré con decir en dos palabras que éste es el primer misterio de Jesucristo, el más oculto, el más elevado y menos conocido; que en este misterio, Jesús en el seno de María al que por ello deno-minan los santos la sala de los secretos de Dios escogió, de acuerdo con Ella, a todos los elegidos; que en este misterio realizó ya todos los demás misterios de su vida, por la aceptación que hizo de ellos: Por eso, al entrar en el mundo, dice él: “Aquí estoy yo para realizar tu designio...” (Heb 4,16); que este misterio es, por consiguiente, el com-pendio de todos los misterios de Cristo y encierra la voluntad y la gracia de todos ellos; y, por último, que este misterio es el trono de la misericordia, generosidad y gloria de Dios. […] Es el trono de su generosidad con María, porque mientras Jesús, nuevo Adán, permaneció en María su verdadero paraíso terrestre , realizó en él ocultamente tantas maravillas, que ni los ángeles ni los hombres alcanzan a comprenderlas.” (VD 248)
“Digo con todos los santos que la excelsa María es el paraíso terrestre del nuevo Adán (Ver Gén 2,8), quien se encarnó en El por obra del Espíritu Santo para realizar allí ma-ravillas incomprensibles. Ella es el sublime y divino mundo de Dios, lleno de bellezas y tesoros inefables. Es la magnificencia del Altísimo, quien ocultó allí, como en su seno, a su Unigénito.” (VD 6)
María, nueva creación, recreada en la justicia, la excelencia y la belleza originales (cf. ASE 36, 105-106) es este “jardín de lirio” del Cantar de los cantares (cf. Cánt 6, 2-3), lugar de la En-carnación del Verbo:
“¡Cosa admirable! Queriendo la Sabiduría descender del seno del Padre al seno de una virgen para descansar entre los lirios de su pureza; queriendo hacerse hombre en Ella y darse enteramente a Ella, envió al arcángel Gabriel a llevarle su saludo y manifestarle que le había conquistado el corazón, por lo cual deseaba hacerse hombre en su seno, siempre que Ella diera su consentimiento.” (ASE 107)
Esta imagen del jardín o del paraíso para hablar de la Virgen María devuelve al misterio de la Encarnación ( y de nuestra “divinización”, movimiento ascendiente de la Encarnación: cf. ASE 203; 214; SM 13; VD 32-33; PE 15), al “lugar” de este misterio: el “jardín cerrado” del canto del Esposo del Cantar de los Cantares, jardín del Génesis, seno materno, lugar matricial del origen, de nacimiento y del reconocimiento, de la regeneración.
Lugar del Origen, el paraíso mariano es también el lugar de delicias donde el Señor mismo to-ma sus complacencias, el lugar donde todas las cosas renovadas:
Que la Santísima Virgen es el verdadero paraíso terrestre del nuevo Adán. El antiguo paraíso era solamente una figura de éste . Hay en este paraíso riquezas, hermosuras, maravillas y dulzuras inexplicables, dejadas en él por el nuevo Adán, Jesucristo. Allí en-contró El sus complacencias durante nueve meses, realizó maravillas e hizo alarde de sus riquezas con la magnificencia de un Dios. Este lugar santísimo fue construido sola-mente con una tierra virginal e inmaculada, de la cual fue formado y alimentado el nue-vo Adán, sin ninguna mancha de inmundicia, por obra del Espíritu Santo que en él habi-ta. En este paraíso terrestre se halla el verdadero árbol de vida, que produjo a Jesucris-to, fruto de vida; allí, el árbol de la ciencia del bien y del mal, que ha dado la luz al mundo. Hay en este divino lugar árboles plantados por la mano de Dios, regados por su unción celestial, y que han dado, y siguen dando día tras día, frutos de exquisito sabor. Hay allí jardines esmaltados de bellas y diferentes flores de virtud que exhalan un per-fume tal, que embalsama a los mismos ángeles. Hay en este lugar verdes praderas de esperanza, torres inexpugnables de fortaleza, moradas llenas de encanto y seguridad, etc. Sólo el Espíritu Santo puede dar a conocer la verdad que se oculta bajo estas figu-ras de cosas materiales. Se respira en este lugar un aire puro e incontaminado de pure-za, brilla el día hermoso y sin noche de la santa humanidad, irradia el sol hermoso y sin sombras de la divinidad, arde el horno encendido e inextinguible de la caridad en el que el hierro se inflama y transforma en oro , corre tranquilo el río de la humildad, que brota de la tierra y, dividiéndose en cuatro brazos, riega todo este delicioso lugar: son las cuatro virtudes cardinales. (VD 261)
¿Solo es poesía? Escuchemos a san Luis María:
“Todos estos diferentes epítetos y alabanzas muy verdaderos cuando se refieren a las diferentes maravillas y gracias que el Altísimo ha realizado en María (ver Ez 44,1 3; Sal 87 [86],1; Is 6,1-4. ¡Qué riqueza! ¡Qué gloria! ¡Qué delicia! ¡Qué dicha! ¡Poder entrar y permanecer en María, en quien el Altísimo colocó el trono de su gloria suprema!”) (VD 262 y ASE 208)
Estas imágenes poéticas esconden y revelan a la vez “unas verdades” que solo el Espíritu San-to puede hacer conocer, dice san Luis María (cf. VD 261). Es un conocimiento particular porque se trata de entrar en el misterio que se dice en figura (cf. VD 261.262, ASE 208), un conoci-miento experimental (cf. LAC 45). ¿Cuáles son estas verdades? Primero, María como “mundo de Dios y Paraíso de Dios” (ASE 208; cf. SM 19) es el “Medio misterioso” (VD 265) del Miste-rio de la Encarnación: “La divina María es el paraíso terrenal del nuevo Adán, donde se ha encarnado por operación del Espíritu Santo” (VD 6), “Dios el Hijo ha descendido en su seno virginal, como el nuevo Adán en su paraíso terrenal, y tomar sus complacencias y para operar a escondidas unas maravillas de gracia” (VD 18.264); y entre estas “maravillas de gracia” hay otro misterio, el de nuestra divinización: “ser formado en Jesucristo y Jesucristo formado en nosotros (cf. VD 260.264.248) . Al lado de estas dos “verdades” que llamaría con mucho gus-to “dogmáticas” (que conciernen el nivel de la “naturaleza” y de las hipóstasis, de la “sustan-cias”, verdades ontológicas) vienen otras “verdades” unidas a la experiencia espiritual o místi-ca (a nivel existencial)(cf. ASE 13; LAC 45) de la “complacencia”: primero para la Sabiduría Eterna y Encarnada: “En este paraíso [Jesucristo, nuevo Adán] ha tomado sus complacencias” (VD 261; 18), luego para los “predestinados”: “ tenemos que vivir en el bello interior de María con complacencia”, lugar de nuestro crecimiento y de nuestra vida en el Espíritu ( VD 264; 261-265) .
María es el lugar del misterio de los misterios (cf. VD 248), lugar “reservado” de las cosas “es-condidas” (cf. VD 6.45), entrar en el, es un privilegio (cf. VD 5.263) con vista a una verdadera mistagogía, iniciación a los misterios divinos:
Sólo a María ha entregado Dios las llaves que dan entrada a las bodegas del amor divi-no y el poder entrar en los caminos más sublimes y secretos de la perfección y hacer entrar a otros. Sólo María permite la entrada en el paraíso terrestre a los pobres hijos de la Eva infiel para pasearse allí agradablemente con Dios (ver Gén 3,8), esconderse de sus enemigos con seguridad, alimentarse deliciosamente sin temer ya a la muerte del fruto de los árboles de la vida y de la ciencia del bien y del mal y beber a boca llena las aguas celestiales de la hermosa fuente que allí mana en abundancia. Mejor dicho, siendo Ella misma este paraíso terrestre o tierra virgen y bendita de la que fueron arro-jados Adán y Eva pecadores, permite entrar solamente a aquellos a quienes le place pa-ra hacerlos llegar a la santidad (VD 45).
La figura del paraíso terrenal aplicada a la Virgen María por el Padre de Montfort es una metá-fora dinámica que traza un verdadero recorrido iniciático que lleva a Jesucristo. Este cristo-céntrimo tan acentuado nos conduce, muy naturalmente, al Árbol de Vida, centro del jardín de los orígenes.
C. El Árbol de Vida
La cruz, árbol de vida
Con la gran tradición de la Iglesia, el Padre de Montfort opone Eva y la Virgen María:
Lo que Eva condenó y perdió por desobediencia lo salvó María con la obediencia. Eva, al obedecer a la serpiente, se hizo causa de perdición para sí y para todos sus hijos, en-tregándolos a Satanás; María, al permanecer perfectamente fiel a Dios, se convirtió en causa de salvación para sí y para todos sus hijos y servidores, consagrándolos al Señor (VD 53)
María es la nueva Eva, la verdadera Madre de los vivos (cf. Gn 3, 20). El Padre de Montfort lo asocia al misterio de la cruz:
“Porque María, la Madre de los vivientes, hace partícipes a sus hijos del Árbol de la vida, que es la cruz de Jesucristo. Pero, al repartirles grandes cruces les comunica también la gracia de cargarlas con paciencia y hasta con alegría. Ella, en efecto, endulza las cruces que da a los suyos y las convierte por decirlo así en golosinas o cruces almibaradas.” (SM 22; cf. Ct 123, 13)
En un resumen sobrecogedor, el Padre de Montfort une el árbol de vide con la cruz, la madera de la cruz con la madera del árbol del fruto prohibido; el primero siendo transfigurado por el segundo, transformado en el misterio pascual. La Eva del Libro del Génesis es la Virgen María de pie, al pie de la cruz de su Hijo (cf. Jn 19, 25). Si las cruces son siempre “amargas”, la pre-sencia materna de María, Madre de los vivos, les transforma en “golosina”:
“Esta bondadosa Madre, plenamente llena de gracia y unción del Espíritu Santo, endulza todas las cruces que les prepara con el azúcar de su dulzura maternal y con la unción del amor puro, de modo que ellos las comen alegremente como nueces confitadas, aunque de por sí sean muy amargas. Y creo que una persona que quiere ser devota y vivir piadosamente en Jesucristo (2Tim 3,12), y, por consiguiente, padecer persecución y cargar todos los días su cruz, no llevará jamás grandes cruces, o no las llevará con alegría y hasta el fin, si no profesa una tierna devoción a la Santísima Virgen, que es la dulzura de las cruces; como tampoco podría una persona, sin gran violencia que no es durable , comer nueces verdes no confitadas con azúcar.” (VD 154)
María, el árbol de vida
Sin embargo, dejando la imagen tradicional de la cruz como nueva árbol de vida, el Padre de Montfort lo aplica casi siempre a la Virgen María (cf. ASE 204; SM 67.70.72.75.78; VD 44.45.164.218.261; Ct 81, 7). Pero esta figura del árbol de vida atribuida a la Virgen María no está nunca sola, está asociada siempre a su fruto, Jesús . Es la pareja árbol-fruto que consi-dera el Padre de Montfort, por ejemplo:
Quien desee tener el fruto maduro y bien formado, debe tener el árbol que lo produce. Quien desee tener el fruto de vida Jesucristo , debe tener el árbol de vida que es María (VD 164) .
Por eso, san Luis María de Montfort condensa toda una serie de textos bíblicos remontándose del Evangelio al Génesis: la bendición de Isabel a la Virgen María (“bendito el fruto de tu vien-tre”; Lc 1, 42) retomando la promesa divina (“El SEÑOR lo ha jurado a David […] es el fruto de tu vientre que pondré en el trono hecho para ti”; Sal 132, 11), asociada a la profecía del árbol de Jesé (“Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará”; Is 11, 1), para llegar al árbol de vida en medio del jardín del paraíso y de su fruto (cf. Gen 2, 9; 3, 22-24). Y a la luz de este Fruto divino, el Padre de Montfort juzga el árbol:
María es la dignísima Madre de la Sabiduría, porque la encarnó y dio a luz como fruto de sus entrañas: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Por ello podemos afirmar con toda verdad que en todo lugar donde esté Jesús –en el cielo, en la tierra, en los sagrarios o en los corazones- es fruto y obra de María y que sólo María es el árbol de vida, y Jesús su único fruto.
Por consiguiente, quien desee este fruto maravilloso en el corazón, debe poseer el árbol que lo produce. ¡Si deseas tener a Jesús, debes tener a María! (ASE 204)
Si el recorrido hermenéutico va del fruto al árbol, el recorrido espiritual va del árbol al fruto… La imagen del árbol es dinámica: el árbol produce el fruto y quien quiere encontrar el fruto de-be buscar el árbol que lo produce…
El árbol puede también borrarse ante el fruto que subraya la fecundidad :
“María es, en todo lugar, la Virgen fecunda. Y cuando habita en una persona, hace bro-tar en ella la pureza de cuerpo y alma, de las intenciones y proyectos, y la fecundidad de las buenas obras. No creas, entonces, que María, la más fecunda de todas las criatu-ras pues llegó hasta engendrar al Hijo de Dios permanezca ociosa en quien le es fiel. Ella te llevará a una vida de perseverante comunión con Jesucristo y hará que El viva en ti, conforme a las palabras de san Pablo: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en Uds (Gál 4,19; ver VD 33).
Jesús es el fruto de María para todos y cada uno de nosotros. Mas para el cristiano que la acoge a Ella en su interior, Jesús es el fruto y obra maestra de la Santísima Virgen.” (SM 56).
O:
Jesucristo es hoy, como siempre, fruto de María. El cielo y la tierra lo repiten millares de veces cada día: Y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Es indudable, por tanto, que Jesucristo es tan verdaderamente fruto y obra de María para cada hombre en parti-cular, que lo posee, como para todo el mundo en general. De modo que, si algún fiel tiene a Jesucristo formado en su corazón, puede decir con osadía: “¡Gracias mil a Ma-ría; lo que poseo es obra y fruto suyo, y sin Ella no lo tendría!” Y se pueden aplicar a María, con mayor razón de la que tenía San Pablo para aplicárselas a sí mismo, estas palabras: Hijos míos, otra vez me causan dolores de parto hasta que Cristo tome forma en Uds. Todos los días doy a luz a los hijos de Dios hasta que se asemejen a Jesucristo, mi Hijo en madurez perfecta (ver Ef 4,13). San Agustín, excediéndose a sí mismo y a cuanto acabo de decir, afirma que todos los predestinados para asemejarse realmente al Hijo de Dios (ver Rom 8,29) están ocultos, mientras viven en este mundo, en el seno de la Santísima Virgen, donde esta bondadosa Madre los protege, alimenta, mantiene y hace crecer... hasta que les da a luz para la gloria después de la muerte, que es, a decir verdad, el día de su nacimiento, como llama la Iglesia a la muerte de los justos. ¡Oh misterio de la gracia, desconocido de los réprobos y poco conocido de los predestina-dos! (VD 33; cf. VD 164)
Las imágenes bíblicas del árbol de vida y del fruto que nace de el subrayan también el vinculo indisoluble uniendo la Virgen María y a Jesús su hijo:
“Jesús es siempre y en todas partes el fruto e Hijo de María; y María es en todas partes el verdadero árbol que lleva el fruto de vida y la verdadera Madre que lo produce.” (VD 44)
La construcción misma de esta frase, el paralelismo de estos dos miembros subrayado por el “en todas parte”, muestra esta relación necesaria: Jesús / María / árbol, Hijo / Madre. Su es-tructura de carácter concéntrico (o chiasmico) refuerza esta unión :
Jesús o Jesús
Fruto Hijo
María María
María María
Árbol Madre
La fecundidad del árbol que produce el fruto es la figura de la maternidad divina y espiri-tual de la Virgen María, como da testimonio esta oración al Espíritu Santo:
“¡Oh Espíritu Santo! Concédeme todas las gracias: planta, riega y cultiva en mí el ver-dadero árbol de vida que es la amabilísima María, para que crezca y dé flores y frutos en abundancia. […] a fin de que con Ella formes perfectamente en mí a Jesucristo, grande y poderoso, hasta la plena madurez espiritual.” (SM 67)
O aun:
Si María, que es el árbol de la vida, está bien cultivada en ti mismo por la fidelidad a las prácticas de esta devoción, dará su fruto en tiempo oportuno , fruto que no es otro que Jesucristo. (VD 218)
La verdadera devoción a la Santísima Virgen, árbol de vida
En estos dos últimos textos (cf. SM 67 y VD 218), san Luis María amplifica la imagen árbol-fruto por la utilización metafórica de la cultura introduciendo así entre el árbol y el fruto la dis-tancia temporal del crecimiento, la duración, figura del caminar espiritual y mística. La inme-diatez de la relación árbol-fruto caracteriza la unión necesaria e indisoluble entre María y Jesu-cristo (quien quiere tener el fruto debe tener el árbol), lugar del Misterio de la Encarnación; ahora la separación, entre el árbol y el fruto, operada por el proceso lento de la cultura, según la “verdadera devoción a la Santísima Virgen”. El apéndice del Secreto de María (SM 70-78) es la página emblemática. El cuerpo del texto (SM 71-77) es constituido por seis consejos de vida espiritual. La introducción (SM 70) y la conclusión (SM 78) que lo rodean constituyen una ver-dadera inclusión formada de otros textos evangélicos: “el grano de mostaza del cual se habla en el Evangelio [Mt 13, 31-32; Mc 4, 31-32; Lc 13, 18-19], que parece, el más pequeño de to-dos los granos, es sin embargo grande y empuja su tallo tan alto que los pájaros del cielo, es decir los predestinados, hacen su nido y descansan a la sombra en el calor del sol y se escon-den contra las bestias feroces” (SM 70; cf. SM 78). Por último el Secreto de María, después de la imagen del tiempo del crecimiento se termina sobre la de la eternidad que es también la de la Bienaventuranza:
“Alma predestinada, si cultivas así el árbol de la vida recién plantado en ti por el Espíri-tu Santo, en breve … dará a su tiempo el fruto de honor y de gracia, el amable y adora-ble Jesús, que es y será siempre el único fruto de María.
¡Feliz el alma en quien ha sido plantado el árbol de la vida que es María!
¡Más feliz aquella en quien puede crecer y florecer!
¡Más feliz aún aquella en quien puede dar fruto!
¡Pero mucho más feliz aquella que goza de su fruto y lo conserva hasta la muerte y por los siglos de los siglos! Amén
D. El rosal místico
El calvario del Padre de Montfort era de hecho un inmenso rosario, paseo circular alrededor de la montaña plantada de 150 pinos y 15 cipreses. El rosario es ya, por su nombre, asociado a la rosa, a una corona de rosas… Es un ramo, un jardín… San Luis María va naturalmente utilizar esta imagen foral para hablar del rosario (cf. SAR 3-8, 24, 25). Su obra, el Secreto Admirable del Santísimo Rosario, es pues dividido en 49 “rosas” y se inspira ampliamente del libro, “El Rosal Místico” de Antonin Thomas, dominico.
Pero San Luis María de Montfort no se limita a imágenes de “rosas”, toma también las expre-siones, las figuras o las citaciones bíblicas de las cuales se sirve para hablar de la verdadera devoción a la Santísima Virgen (cf. Arriba: SM 70.78. y VD 216):
“Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu Santo, ciertamente no llevarán a mal que les ofrezca un pequeño rosal místico bajado del cielo para que lo planten en el jardín de sus almas. […] Jesús y María con su vida, muerte y eternidad constituyen este rosal.
No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su alma, tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y riéguenlo, recitándolo fielmente todos los dí-as y obrando el bien. Contemplarán cómo el grano que ahora parece tan pequeño, se convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las aves del cielo es decir, las al-mas predestinadas y elevadas en contemplación pondrán su nido y morada para gua-recerse a la sombra de sus hojas de los ardores del sol, preservarse en su altura de las fieras de la tierra y, finalmente, alimentarse con la delicadeza de su fruto, que no es otro que el adorable Jesús, a quien sea el honor y la gloria por la eternidad. Amén.” (SAR 5.6)
La imagen del fruto devuelve al Misterio de la Encarnación del Verbo de Dios por la citación de la bendición de Isabel (Lc 1, 42) en el corazón del Ave María; san Luis María va adjuntarlo, como en filigrana, unos elementos de la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 18-23; Mc 4, 13-20; Lc 8, 11-15):
“Tendrán gran devoción a la recitación del avemaría o salutación angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad… habiendo comenzado la salvación del mundo por el avemaría, a esta oración está vinculada … esta oración hizo que la tierra seca y estéril produjese el fruto de la vida, y … esta oración, bien rezada, hará germinar en nuestras almas la Palabra de Dios y producir el fruto de vida, Jesucristo… el avemaría es un rocío celestial que riega la tierra, es decir, el alma, para hacerle producir fruto en tiempo oportuno.” (VD 249)
La eficacia de la Salutación angélica y del Rosario necesita de este “fruto”. A las mismas cau-sas, los mismos efectos: estas palabras (“y bendito el fruto, de tu vientre, Jesús”) son las pa-labras del Misterio de la Encarnación, las del Verbo hecho carne, a estas mismas palabras la Palabra de Dios lleva fruto en l@s que la acogen (cf. SAR 1, 16, 20, 28):
La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios escogió la salutación angélica pa-ra la Encarnación de su Palabra y la Redención del ser humano. Del mismo modo, quie-nes desean reformar las costumbres de la gente y regenerarlas en Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. (SAR 112)
O aun en el Cántico sobre el Triunfo del Ave:
Dios, que ha rescatado al mundo
mediante el avemaría,
sigue cambiando por ella
los cielos, la tierra, el mar. […]
Pues su gracia fecundiza
a toda la creación [...]
Era estéril nuestra tierra,
pero al entonarla el ángel,
la tierra produjo el fruto
abundante y generoso. (Ct 89, 6.8.9).
Un misionero y predicador como lo era el Padre de Montfort solo podía ser muy sensible a esta eficacia o fecundidad apostólica del rosario , este secreto del cielo:
“El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de su predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté alma por esta oración tanto más se le ilumina el espíritu, más se le abraza el corazón y más se fortalece contra sus enemigos.
El Avemaría es una flecha inflamada y penetrante que unida por un predicador a la pa-labra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y convertir los corazones más en-durecidos, aunque el orador no tenga talento natural extraordinario para la predicación.
El Avemaría fue el arma secreta que como dije antes sugirió la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y pecadores.
De aquí surgió la costumbre de los predicadores de rezar un Avemaría al comenzar la predicación, como afirma San Antonio.” (SAR 51).
O aun:
“Este es uno de los mejores secretos venidos del cielo para irrigar los corazones con ce-lestial rocío y hacer que produzcan los frutos de la Palabra de Dios, como lo demuestra la experiencia cotidiana.” (SMM 57; cf. SAR 113-114) .
Conclusión
De este “paseo” en estos jardines que son las obras de san Luis María de Montfort, quisiera re-tener tres convicciones:
La primera convicción es la que se destaca como una evidencia de todos estos textos (pero también del Calvario de Pontchâteau mismo que es la manifestación arquitectural): su cristo-centrismo. Todo lleva y conduce a Jesucristo como el centro de toda cosa (cf. VD 61). Las imágenes marianas de san Luis María nos devuelven siempre al Misterio de Cristo Jesús.
La segunda concierne el proceso que ha guiado al Padre de Montfort en la utilización de estas imágenes de jardín, de montaña, de árboles… No es por una simbolización “natural” que las aplica a la Virgen María, pero por el juego de un “simbolismo bíblico”. Es la Biblia que ha guiado la escritura del Padre de Montfort; su interpelación parte siempre del Misterio de la En-carnación del Verbo es la clave que le abre toda la escritura.
La tercera concierne su modo de comprensión del Misterio. Para san Luis María de Montfort, el Misterio no puede comprenderse del exterior. Solo del interior, entrando en el, estando en el, el Misterio puede comprenderse (¡siendo uno mismo comprendido!) A este viaje el Padre de Montfort nos convide; invitación a un paseo santo y santificante, a la peregrinación. Tomar pa-ra ir a Jesús el camino que ha tomado para venir hasta nosotros, su “gran y admirable viaje” (VD 157). María es a la vez el camino y el lugar del Misterio de Jesucristo en el cual nos invita a entrar. El Calvario de Pontchâteau, según el proyecto original, presenta la oración del rosario (a la vez como rezo y meditación: cf. SAR 9; ASE 193) como este paseo dentro de los Miste-rios centrado alrededor del eje de la Cruz de Jesús. Pues un recorrido que no es solo circular y horizontal, pero también vertical (la Cruz) y que lleva hacia arriba en un movimiento de aspi-ración significado por el Espíritu figurado en la cima de la cruz. Este dispositivo es característi-co de la manera con la cual san Luis María de Montfort concebía la meditación. Para él meditar es “representarse, en la imaginación, a Nuestro Señor y su santa Madre, en el misterio” hon-rado (SAR 120), pararse un momento para considerar el misterio (cf. SAR 126) y entrar en la escena del misterio, por así decirlo, según esta oración del Padre de Montfort a Jesús:
“¡Dichosos, Señor Jesús, los cofrades del Rosario Cotidiano, que permanecen todos los días en torno a ti y en tu casita de Nazaret, al pie de tu cruz y de tu reino en los cielos, dedicados a contemplar tus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos! ¡Qué felices en la tierra, a causa de las gracias que les comunicas! Y ¡qué dichosos en el cielo, donde te alabarán de manera especialísima por los siglos de los siglos!” (SAR 141)
Pequeña litanía monfortiana a partir de los textos citados
Santa María Madre de Dios, ¡Ruega por nosotro!
Excelente obra maestra del Altísimo,
Madre admirable del Hijo,
Jardín cerrado,
Fuente sellada,
Esposa fiel del Espíritu Santo,
Amable criatura,
Santuario y descanso del nuevo Adán,
Paraíso de Dios,
Gran y divino mundo de Dios,
Magnificencia del Altísimo,
Criatura admirable
Hija del Rey,
Secreto de los secretos del Rey
Santa montaña de Dios,
Llena de gracia,
Única tesorera y dispensadora de los dones y de las gracias del Altísimo,
Árbol de vida verdadera que lleva a Jesucristo, el fruto de vida,
Hermosa fuente de aguas celestes,
Golosina de las cruces,
Tierra virgen e inmaculada,
Puerta oriental, por donde el Sumo Sacerdote, Jesucristo, entra y sale en el mundo,
Trono de Dios,
Ciudad de Dios
Altar de Dios
Templo de Dios,
Sala de los sacramentos divinos,
Paraíso de la Trinidad,
Madre de los vivos,
Virgen fecunda,
Trono real de la Sabiduría Eterna,
Santuario de la divinidad,
Satisfacción de la Santísima Trinidad ¡ruega por nosotros!
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire