jeudi 5 août 2010

Jour 3 - Enseignement : Cardinal Danneels (Espagnol)

“Os haré felices“ (Prov 8)




En el libro de los Proverbios, cap. 8, la Biblia habla de la Sabiduría. Pero de una manera algo misteriosa. Porque presenta a esta Sabiduría no como una cosa, sino como una persona viva. En efecto, corre en las calles de la ciudad gritando: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado”. Esta Sabiduría en efecto es una persona, es Cristo. Todo eso, el autor no lo sabía y Dios no podía revelárselo. La Sabiduría, es en efecto la segunda persona de la Trinidad, es Cristo Jesús. Grignion de Montfort habla mucho de ella en sus escritos. Y esta Sabiduría (que es Jesús) dice: “Venid, os haré felices.” Y: “Caminad en el camino de la inteligencia”. Eso quiere decir que el mismo Cristo – la Sabiduría – es el camino hacia la felicidad, un camino de vida. Tiene en sus manos las llaves de nuestra felicidad.



Meditemos durante algunos instantes sobre esta felicidad que Cristo Sabiduría nos da. Bus-quemos las claves de esta felicidad. ¿Cómo el camino de Cristo es un camino de felicidad? ¿Cómo ser feliz con él? Lo haremos con María, meditando los misterios del rosario. Veinte con-sejos para ser felices siguiendo a Cristo, nuestra Sabiduría. Veinte pasos obligatorios para ser feliz.



I. Los misterios gozosos



1. La Anunciación



El primer secreto de la verdadera felicidad está en el “sí”. Quién dice “sí” es feliz. Porque el ‘sí’ dilata el corazón, da el oxigeno a los pulmones y fuerza a todo el hombre. El ‘sí’ mismo, si cuesta, hace fuerte. El ‘no’ hace triste y bloquea la generosidad. Se encierra en si mismo. Ex-cepto si es un ‘no’ al mal. Pero este no es en efecto un sí disfrazado.



Este ‘sí’ debe decirse muchas veces en la oscuridad. No vemos como todo eso se realizará. Pe-ro esta oscuridad no es solo tinieblas, es una noche de la fe y de la confianza. Es atreverse a caminar sin ver donde vamos, incluso si sabemos que es el camino de la felicidad. Este ‘sí’ nos hace feliz, solo cuando no pedimos explicaciones sobre el ‘como’. Porque el abandono a Dios no pide pruebas. No pide como ‘nosotros’ podremos hacerlo, porque no somos nosotros, es Dios que lo hará. El primer secreto de la felicidad es el ‘sí’ sin pedir explicaciones sobre el ‘co-mo’



2. La visitación



El segundo secreto de la felicidad es – después de la visita del ángel – tener el valor de mover-se. María no se queda en casa para disfrutar de su felicidad. No, está sentada a medias, lista para correr hacia su prima Isabel para ayudarla. No campa en la comodidad o la dulce medita-ción sobre la felicidad que le cae. Transforma su felicidad personal en caridad. María corre, se mueve. Ningún otro evangelio hace mover a los personajes tanto como este evangelio de la vi-sitación. Todo se mueve: María, Isabel, los niños en el seno de sus madres. El secreto de la fe-licidad es no ocuparse de su persona para ir hacia el otro, inmediatamente y sin esperar, es quebrar el círculo del yo para transformarlo en apertura sobre el tú. Es buscar a su alrededor donde encontrar la Isabel que Dios pone en nuestro camino y de ir hacia ella. Quedarse allí al-gún tiempo. No limitarse a una estancia rápida. María se queda tres meses.



3. La Natividad



Tercer secreto de la felicidad. El pesebre. Es la felicidad de saber que nuestro Dios es tan grande, que puede hacerse pequeñito. Se necesita ser grande para ser capaz de hacerse tan pequeño. Quizá María, la primera vez que veía a su hijo, ha pensado: que pequeño este hijo de Dios, igual que otro bebé, nada especial. Tan pequeño. ¿El hijo de Dios, es solo eso?



Pero qué felicidad tener a un Dios pequeño en apariencia. En efecto el verdadero Dios no está en la tempestad, sino en una brisa ligera. Como lo había observado ya Elías en la montaña de Dios. Cuando Dios pasa y no hace ruido.



La felicidad es tener la gracia de descubrir en nuestra vida las pequeñas manifestaciones de Dios e identificarlas. Dios no habla en lo espectacular, sino en las cosas y en los acontecimien-tos sencillos de la vida de cada día: en la Escritura, en los sacramentos, en la Iglesia tal como es, en la pobreza de una simple parroquia. La felicidad que Dios nos ofrece se nos parece: él es también pequeño. La tercera clave de la felicidad es “la felicidad del formato pequeño”, el formato de nuestro Dios y de nosotros mismos.



4. La Presentación en el Templo



¿Por qué María y José tenían que ir a presentar a Jesús en el Templo para mostrarle a su Padre del cielo? Jesús estaba siempre con su Padre en el seno de la Trinidad. No tenía que desplazar-se a Jerusalén.



María y José querían conformarse a la fe de la gente sencilla. Participaban a la religión de su pueblo. No querían tener un régimen especial para ellos solos. Existe una verdadera felicidad a entrar en la piedad popular secular de las peregrinaciones, de los santuarios marianos, de Lourdes y Fátima, La Salette, San Lorenzo de Sevres. Estar en medio de la gente. Es el secreto de la felicidad para nosotros: estar en medio de los pobres peregrinos.



5. Jesús encontrado en el Templo.



María y José, qué han pensado durante esta primera ‘desobediencia’ de su hijo que se quedó en Jerusalén sin decirles nada. Tres días. No han comprendido nada a la actitud de Jesús. El evangelio lo dice explícitamente: “No comprendían nada”; ¡qué sufrimiento! Eso, nunca se habían atrevido a pensarlo. ¡Qué sorpresa o quizá incluso qué decepción que su hijo era tan di-ferente a lo que habían pensado!



Sí, Dios puede hacernos unas sorpresas en nuestra vida. Comprometernos en un camino o un trabajo, que creemos que es para toda nuestra vida. Y luego: de golpe nos pide una cosa muy diferente. ¿Señor, dónde está tu lógica en lo que nos pides? Sí, nuestro Dios es un Dios de sorpresas. Pero existe una verdadera felicidad en seguir las sorpresas de Dios. Después perci-bimos que era necesario cambiar, que él dirige nuestra vida y que nos coloca en el camino de la docilidad. Nada que hace más feliz como seguir las indicaciones de tal guía. Es el único en ver lejos y en hacernos felices al final. Quinto secreto de la felicidad: entrar sin temor en las sorpresas de Dios. Aprender a obedecer.



II. Los misterios luminosos



6. El bautismo de Jesús



Nuestro bautismo contiene un verdadero secreto de la felicidad: es la felicidad de la gracia gra-tuita. Hemos sido casi todos bautizados y colmados de la gracia del Señor, puesto que no hab-íamos hecho nada por merecerlo. No podíamos hacer nada para merecer esta gracia. Dios es siempre el primero: nos adelanta. Mucho antes de hacer cualquier cosa: está ya allí con su gracia. Nos inunda de gracia. ¡Qué felicidad saber que Dios está ya allí antes de pensarlo!



Pero en nuestro bautismo, existe otro secreto de la felicidad. Durante el bautismo de Jesús en el Jordán, el cielo se ha abierto y una voz ha proclamado: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” La misma cosa ha pasado durante nuestro bautismo. Dios ha dicho a cada uno de nosotros: tú eres mi hijo amado en quién he puesto todo mi amor. Somos hijos de Dios con los mismos derechos que Jesús. ¡Qué felicidad tener a un Padre que nos da la vida!



El bautismo nos da una doble felicidad: la gratuidad de la gracia – Dios nos adelanta siempre – y de la alegría de tener a un Padre.



7. El primer anuncio



¿Cuáles son las primeras palabras que Jesús ha pronunciado después de treinta años de silen-cio? ¿Qué ha querido decir en primer lugar? Cuando encontramos por primera vez a un perso-naje importante, nos preguntamos todos: ¿Qué me va a decir en primer lugar?



Aquí tenéis las primeras palabras de Jesús: “Convertiros y creed en la Buen Nueva.” Esta frase contiene un doble secreto de felicidad.



Primero la felicidad de poder confesar nuestros pecados – convertirnos – y saber que Dios no nos pide nada mejor que perdonarnos. Confesar sus faltas es volver en la verdad con uno mismo y poder decir que no debemos mostrarnos mejores que somos. Podemos ser pecado-res. Nada más liberador que la confesión y confesar sus pecados. Qué felicidad, ser aceptado por Dios como simple pecador y recibir el perdón.



La frase de Jesús continúa: “y creed en la Buena Nueva.” ¿Somos conscientes de la alegría de haber recibido el evangelio de Jesús? Todo eso nos parece tan normal. ¡Pero, qué felicidad! Imaginemos un momento no conocer las palabras del evangelio: ¡Qué pena! Sin sermón sobre la montaña, sin parábolas, sin evangelio de la infancia, sin pasión y resurrección, nada sobre el Padre y el Espíritu.



8. Las bodas de Caná



Por su presencia en las bodas de Caná, Jesús consagra las alegrías sencillas de la vida huma-na: las bodas. Consagra todos los momentos de la vida humana: el nacimiento, la pubertad, la boda, la enfermedad. La felicidad de tener los sacramentos, consagra todas las situaciones vi-tales de la vida humana. Cristo nos acompaña a lo largo de nuestra vida.



Pero, hay más: Caná no es simplemente la bondad de Cristo que ayuda a los novios en su mo-lestia por la falta de vino. No es simplemente un acto de generosidad. Porque el vino en abun-dancia, es ya la prefiguración del vino eucarística; Existe un secreto en este vino de Caná: es el anuncio de un vino que ya no nos dará sed.



¡Qué felicidad saber que las cosas de la naturaleza y de la tierra serán elevados en los sacra-mentos, para ser fuentes de vida divina para nuestra alma: el agua, el aceite, el pan y el vino! ¡Que felicidad saber como la belleza de la creación es transformada en canal de gracias en los sacramentos!



9. La transfiguración



Poco a poco, los apóstoles se han dado cuenta que la vida de Jesús iba a terminar mal. Tenían miedo con el viaje a Jerusalén para la fiesta de Pascua que se acercaba. Tomás decía incluso a sus amigos: “Vamos a Jerusalén y moramos con él.” Se desanimaban. En este momento preci-so Jesús toma tres de sus apóstoles y les lleva a la cima de la montaña. Allí se transfigura ante sus ojos: un vestido blanco como el sol. Una voz del cielo repetía lo que el Padre había dicho durante su bautismo en el Jordán: “Este es mi hijo amado, escuchadle.” Jesús quiere consolar a sus discípulos y animarles para que puedan afrontar la prueba que llegará en las primeras semanas.



Jesús hace lo mismo por nosotros. A lo largo de nuestra vida, recibimos de él unos momentos muy cortos de ánimo y de consuelo, donde vemos el poder y la belleza de Jesús y de nuestra fe. Son pequeñas transfiguraciones, unos cortos momentos de Tabor.



Porque existe una profunda felicidad en estas sencillas experiencias de gozo, de belleza, de en-tusiasmo que son las fiestas, la liturgia, los gestos de fe y de amor alrededor nuestro, y otros tantos contactos con un Jesús transfigurado. Tenemos también nuestras pequeñas colinas del Tabor donde Jesús viene a animarnos porque no nos deja solos. En la vida de cada cristiano, siempre existe la felicidad de una pequeñas Pentecostés.



10. La última Cena



Jesús iba a partir. Llega el día de su partida cuando desaparece de la vista. No lo veremos más. Pero ha querido quedarse con nosotros. Como los discípulos se lo habían pedido, se que-da con nosotros pero bajo una forma escondida: El pan y el vino eucarísticos. Por eso se hace muy pequeño – formato pequeño – comida y bebida: que pasan en nuestro cuerpo para unirse a nosotros.



La eucaristía es una verdadera felicidad: la presencia de Cristo entre nosotros. Ya nunca esta-remos solos. Tenemos la felicidad de su presencia continua y además el gozo de ser alimenta-dos por su cuerpo y su sangre. ¡Qué felicidad! Sin hablar de la felicidad de la adoración euca-rística y de la acción de gracias; la felicidad de estar unidos a su cruz y a su resurrección y hacer con él nuestro paso pascual.



La eucaristía es la verdadera felicidad del cristiano: misterio de presencia, de proximidad, de alimento, de abandono en gesto de sacrificio, de poder, de resurrección, de garantía de una vida más allá de la muerte. La eucaristía es la clave de nuestra felicidad; La Sabiduría nos hace felices.



III. Los misterios dolorosos



11. La agonía de Jesús



¿Qué secreto de felicidad podría esconderse en el huerto de los olivos? Aparentemente ningu-no. Solo hay sufrimiento y tristeza.

Primero la felicidad de poder gritar su sufrimiento y su desolación tal cual hacia Dios. “Padre, aleja de mí este cáliz.” El cristiano puede gritar hacia Dios. Oye. Jesús lo hará incluso aun más fuerte en la cruz: “¿Padre, por qué me has abandonado?” Los salmos están llenos de gritos e incluso de gritos de revuelta. Dios nos permite – incluso nos pide – que gritemos desde el abismo del sufrimiento en el cual nos encontramos, todas nuestras angustias, nuestras revuel-tas, nuestras protestaciones. A condición de no dejar de decírselo. Acepta incluso nuestros de-sáminos como Jesús estaba desanimado al echarse a tierra. La felicidad de poder ser hombre hasta los abismos de nuestra angustia.



También tenemos la felicidad de abandonarnos: No Padre, no mi voluntad sino la tuya. La feli-cidad también que no debemos extrañarnos que nuestros amigos duermen y no se dan cuenta de nuestra desolación. Incluso no estar sorprendidos que un amigo nuestro nos traiciona por un beso. El huerto de los olivos es una etapa en nuestro camino de felicidad. En el camino de Pascua, tenemos que pasar por el Viernes Santo. La felicidad cristiana no es una felicidad fácil. Es a este precio.



12. La flagelación



Es la felicidad de todos los mártires, ser felices de poder sufrir por Cristo. Es la felicidad de Pe-dro y de Juan cuando salían del Sanedrín, el mismo Sanedrín que algunos días antes había condenado a Cristo. “Los apóstoles marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre de Jesús.” Hch (5, 41)



13. La coronación de espinas



La flagelación hacía sufrir a Jesús en su cuerpo, pero la coronación de espinas en su alma. Además estaba también humillado, lo ponían en ridículo. Lo coronaban, poniéndole un báculo en las manos y una manta púrpura en sus hombros. Una farsa y una profunda humillación, era de verdad el Rey de los Judíos. La felicidad de saber mejor. De hecho le consagraban de ver-dad rey de los judíos sin saberlo.



Hoy día aun se burlan de nosotros los cristianos, nos matan por la ironía y el ridículo. Es quizá la forma del martirio contemporáneo. No se decapita a los cristianos, les ponen en ridículo. Pe-ro existe una alegría secreta de poder parecerse al Salvador; coronado de espinas como un cualquier reyezuelo allí donde era Rey del Universo.



14. La cruz a cuesta



El día de Ramos, Jerusalén acoge a su rey con Hosannas y palmas: “Bendito él que viene en nombre del Señor.” La ciudad lo acoge con triunfo. Cinco días más tarde, la misma ciudad le vomita para crucificarle fuera de sus muros. Sabiduría y felicidad de saber que los Hosannas y los ‘crucifícalo’ pueden seguirse de muy cerca en una vida cristiana.



Pero el vía crucis no es solo el camino del sufrimiento; es también el camino del consuelo. Por-que en la orilla del camino, están los consoladores: Verónica, Simón de Cirene y las mujeres que lloran sobre Jesús. La felicidad de encontrar alrededor nuestro en todas las situaciones de sufrimiento, una Verónica, un Simón, y unas mujeres que lloran y nos consuelan. Porque nun-ca faltan en nuestro vía crucis, y las transforman por el amor, nuestra desdicha en consuelo. Existe también una verdadera felicidad en hacernos nosotros mismos en nuestro vía crucis uno de nuestros hermanos o hermanas: Verónica, Simón y las mujeres de Jerusalén. La felicidad de ser consolador.



15. La muerte de Jesús



En la cruz, Jesús se dirige cada vez más a su Padre. Es el personaje principal. Este lugar de crueldad es el lugar del contacto íntimo con su Padre: el lugar mismo de sus confidencias.



Siete veces Jesús habla en la cruz: son las palabras de las cuales cada una contiene un gozo secreto: la petición de perdón por sus verdugos, el salmo 22 que empieza por un grito de sole-dad pero termina por un acto de confianza, la palabra de abandono cuando se entrega en las manos de su Padre.



La muerte de Jesús contiene el último secreto de la felicidad del cristiano: por el abandono de sí mismo en la pura fe ciega, Jesús consigue el paso de la muerte a la vida. Este abandono es ya la señal de su resurrección. El acto de morir es al mismo tiempo el último acto de sufri-miento; acto de morir también ya el primer acto de la vida de resucitado.



IV. Los misterios gloriosos



16. La resurrección



Todos tenemos que morir. Sin embargo sentimos que no somos hechos para la muerte. El de-seo de una vida después de la muerte habita el corazón de todos los hombres. Si la muerte es de verdad el fin, nuestra felicidad es solo un sueño ilusorio. San Pablo ya lo dice: “Si no resuci-tamos, entonces comamos y bebamos, porque mañana estaremos muertos.”



Pero no, nuestra muerte es solo un paso incluso si es un paso obligatorio. Por el túnel de la muerte avanzamos hacia la aurora de una vida eterna.



Toda la humanidad aspira a esta vida más allá de la muerte. Pero los personajes sobre los sar-cófagos paganos tienen el rostro triste. Para ellos la vida después de la muerte no existe o solo es una vida en la sombra, reducida. Qué felicidad que la de los cristianos que saben que Cristo ha resucitado como primero de entre los hombres y que le seguirán en esta vida que no tiene fin.



La resurrección es el corazón de nuestra felicidad. Y es la Sabiduría – Cristo – que nos ha pre-cedido en esta vida eterna y nos la garantiza.



17. La Ascensión



Cristo nos precede al entrar en el cielo. Y nos espera. Es así el fundamento de nuestra espe-ranza. Por él tenemos un porvenir que va más allá de la muerte. Aquí tenemos otro secreto de nuestra felicidad: la esperanza. El cristiano mira delante suyo mucho más que detrás suyo. Lo esencial debe aun llegar: está delante de nosotros.



En una época como la nuestra, donde el desánimo y la desesperación están en todas partes, qué felicidad poder esperar con una esperanza que no se apoya en nuestras propias fuerzas sino en las promesas de Dios.



18. Pentecostés



Jesús quiere estar presente entre nosotros, incluso después de su partida hacia el Padre. Esta presencia es primero la de la eucaristía. Presencia escondida bajo los signos del pan y del vino.



Pero nos ha prometido otra presencia aun más íntima. Nos ha prometido su Espíritu que habi-tará nuestro corazón. Nos lo da en Pentecostés.



Este ‘dulce huésped de nuestra alma’ explica todo lo que Jesús ha dicho durante su vida y nos hace comprender la significación profunda de todo lo que ha pasado en la vida de Jesús, nos consuela. Además de la Escritura y de los sacramentos tenemos un Consolador que vive en nuestra alma y que nos acompaña a lo largo de nuestra vida: un Maestro interior.



Qué felicidad tener en nosotros el Espíritu de Jesús.



19. La Asunción y la coronación de la Virgen María



La vida en el cielo no está probada como una simple promesa de la cual esperamos la realiza-ción. Todo eso se ha realizado ya en la Virgen María.



La Virgen María está en el cielo: con su alma y su cuerpo. La Asunción es la realización, del sueño que cada ser humano lleva en su corazón: es el sueño que su cuerpo pueda conocer él también el gozo de su alma, que pueda vivir para siempre. Todos soñamos de la felicidad eter-na de nuestro cuerpo, él también.



María es la primera que con su cuerpo ha entado en la vida eterna; conoce ya la resurrección de su cuerpo. ¡Qué felicidad para nuestros pobres cuerpos!

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La Sabiduría ha dicho: “Os haré felices”



Aquí tenéis los veinte componentes de esta felicidad que nos promete:



1. La felicidad de decir ‘sí’ a Dios, incluso si no vemos como lo hará.

2. La felicidad de correr aprisa para ayudar a una Isabel.

3. La felicidad de tener a un Dios que se hace muy pequeño por nosotros.

4. La felicidad de poder participar a la fe y a las prácticas de la gente sencilla.

5. La felicidad de vivir con un Dios de sorpresas

6. La felicidad de lo que Dios nos adelanta siempre: Está siempre el primero con su gra-cia.

7. La felicidad de poder ser pecador ante Dios, confesar sus pecados y recibir el perdón. La felicidad de tener una buena nueva: las palabras del evangelio.

8. La felicidad de ver como los bienes de la creación (el agua, el aceite, el pan y el vino) son la base de todos los sacramentos, canales de la gracia.

9. La felicidad de tener de vez en cuando unos pequeños tabor para consolarnos y ani-marnos en nuestro caminar hacia Jerusalén.

10. La felicidad de tener la presencia escondida de Jesús entre nosotros en la eucaristía.

11. La felicidad de poder gritar nuestras angustias hacia Dios y abandonarnos a su volun-tad. La felicidad de no estar sorprendidos que mientras agonizamos, nuestros amigos duermen e incluso algunos pueden traicionar.

12. La felicidad de poder sufrir por el nombre de Jesús.

13. La felicidad de soportar las burlas y ser objeto de las ridiculizaciones por Jesús.

14. La felicidad de saber que Dios pondrá en nuestro vía crucis siempre unas Verónica, unos Simón de Cirene y unas mujeres de la compasión. La felicidad ser nosotros mis-mos para los demás.

15. La felicidad de poder morir como Jesús: en el abandono entre las manos de un Padre.

16. La felicidad de tener la fe en la resurrección de los muertos.

17. La felicidad de tener un porvenir y poder vivir en la esperanza.

18. La felicidad de tener presente en nuestro corazón, un Maestro interior: el Espíritu de Jesús.

19. La felicidad de saber que nuestro cuerpo vivirá también eternamente.

20. La felicidad de poder contemplar a la Virgen María que nos precede en la vida de re-sucitados.



He aquí la felicidad que la Sabiduría nos da: “Os haré felices.” ¿Es un azar que son precisa-mente también los veinte misterios del rosario de la Virgen María? No es extraño: No es el tro-no de la Sabiduría, nos presenta él que es la Sabiduría que nos dice: “Os haré felices.”



+ Godfried Card. Danneels

Arzobispo emérito de Malines-Bruxelles.

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