samedi 7 août 2010

Jour 5 - Enseignement : Mgr Castet (espagnol)

Enviados por la sabiduría con María



Desde el principio de su Pontificado, en la fidelidad al impulso dado por el Papa Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI expresa de manera muy regular su preocupación en cuanto a la situación de la fe en los países de la antigua tradición cristiana. Para nosotros que vivimos en este mundo y que queremos, estas mismas preguntas se plantean aunque diferentemente, en el seno de nuestras familias y en el círculo de nuestros amigos. Lo que el Santo Padre llama “la eclipse de Dios” constituye un desafío mayor a tomar y una tarea que cumplir para cada un@ de nosotros. Al preparar la charla de este día, he leído de nuevo con gran interés la homilía dedicada a la misión, pronunciada por el Santo Padre con ocasión de la fiesta de san Pedro y san Pablo. En esta perspectiva; insistiré muy especialmente en el término “enviados”

En el lenguaje corriente, el término misionero evoca en primer lugar la muchedumbre de los hombres y mujeres que, durante los siglos, siguiendo a los apóstoles, han salido para evangelizar al mundo pagano. Para el sentido común, existe en la palabra misionero una idea lejana, de alejamiento, de toma de riesgo y a veces de martirio. ¿Cuántos misioneros han salido de nuestras regiones hacia los países hostiles, los más alejados, sin alimentar ninguna esperanza de vuelta, incluso si eso parecía impensable en la época de la comunicación y de los desplazamientos rápidos? Llevar la buena nueva de la salvación a unos hombres que ignoran todo de la fe cristiana ha sido para unas generaciones de sacerdotes, religios@s y laicos, fuente de entusiasmo formidable y un camino privilegiado hacia el reino de Dios como da testimonio esta oración de san Francisco Javier: “¿Aquí estoy Señor; que quieres que haga?” Mándame en cualquier lugar, donde tú quieres, incluso hasta la india”. Este entusiasmo, esta esperanza alimenta la acción y la determinación de miles de personas quienes hoy día aun eligen vivir el desarraigo y renunciar a su seguridad para ir al encuentro de sus hermanos para vivir la mayor forma de la caridad en el don de la fe. La familia monfortiana ha participado y participa mucho, en este impulso de los fundadores a esta misión evangelizadora tan preciosa para nuestro tiempo. El cardenal Sepe, antiguo perfecto de la congregación para la evangelización de los pueblos planteaba esta pregunta durante un encuentro con los superiores de los institutos misioneros: “¿Cual sería la presencia de la Iglesia en los continentes menos cristianos como Asia y África, sin la dedicación y los sacrificios, a veces al precio de la sangre de miles de misioneros y sin el compromiso constante y coherente de sus Institutos?”. Permitidme dar gracias al Señor con vosotros por el trabajo realizado por los misioneros de la familia monfortiana en el mundo, los que hoy aun viven en su carne el misterio de la cruz lejos de sus familias, de sus raíces y de sus lazos humanos. Pienso con vosotros particularmente en este día a los que han encontrado la muerte el año pasado en la terrible catástrofe de Haití, a los sacerdotes y seminaristas monfortianos y a las religiosas de la Sabiduría que han mostrado que compartir el destino de un pueblo no era una simple fórmula sino una realidad que implica una radicalidad en el compromiso.

Queridos amigos, hoy, bajo la mirada benévola de san Luis y de la beata María Luisa, quisiera centrar de nuevo nuestra mirada. En efecto, si la misión ha empujado unos hombres y unas mujeres hacia lo lejos, es una realidad esencial en lo cotidiano de nuestras vidas de nuestras vidas

De bautizados. Pablo VI decía en efecto que “evangelizar es la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Existe para evangelizar”. (Evangelii nuntiandi, n° 14) Esta afirmación del Papa invita a la vez cada instituto a revisar sus finalidades y a pensar sus acciones centrándolas en el anuncio del Evangelio de Dios. Invita también a cada bautizado a vivir su fe más allá de una convicción personal para dejarla desbordar en un testimonio vivo. Así nuestro bautismo no es primero un estado, es también un envío y una misión a cumplir. Lo que es verdad de la naturaleza de la Iglesia lo es también de la naturaleza del cristiano. No se puede afirmar su convicción sin vivir un compromiso misionero. “La Eclipse de Dios”, que evocábamos más arriba, nos invita a vivir y a actuar con más vigor, asegurados que la enseñanza de Cristo es un camino de felicidad para cada hombre. Hoy, el desafío es inmenso. Para responder a eso, el Papa Benedicto XVI ha deseado crear muy recientemente un nuevo dicasterio dedicado a la nueva evangelización. Por esta decisión, ha querido da a la Iglesia los medios de responder a las exigencias de la misión para nuestro tiempo.

Nosotros que estamos reunidos en San Lorenzo esta mañana, no somos unos simples espectadores benévolos del compromiso misionero de la Iglesia. Los sacramentos del bautismo y de la confirmación que hemos recibido han comprometido nuestra vida como los apóstoles en toda una iglesia, apostólica y misionera. En esta lógica, la misión no puede ser llevada por algunos como una especialización. Es la obra de todos como fruto de la gracia del bautismo que nos ha incorporado a una “Iglesia que solo puede ser Misionera en el movimiento de la efusión del Espíritu.” (Benedicto XVI, Porto 2010) Por el baño de renacimiento y de la unción, el Espíritu ha hecho en nosotros su morada. Este defensor suscita una fuerza capaz de vencer los temores y las contradicciones, es para nosotros el apoyo indefectible en los días de gozo como en los días de pena. Al enseñarnos todo, nos abre unos horizontes inesperados.

En claro, tenemos que afirmar a tiempo y a contratiempo que la naturaleza de la Iglesia es ser misionera y por consiguiente, todas las iniciativas que toma están determinadas por esta realidad primera. “Así cada cristiano está en la Iglesia y con la Iglesia un Misionero de Cristo enviado en el mundo. Allí está la misión que no puede diferir ninguna comunidad eclesial: recibir de Dios el Padre y ofrecer al mundo a Cristo resucitado, para que cada situación de debilitamiento y de muerte sea transformada, por el Espíritu Santo, en una ocasión de crecimiento y de vida.” (ibid). La palabra del libro de los Hechos de los apóstoles: “No podemos callarnos sobre lo que hemos visto y oído” pero también la del Apóstol Pedro en si 1ª carta: “Que estéis listos a explicaros ante todos los que os pidan dar cuenta de la Esperanza que está en vosotros” resuena muy fuertemente en nosotros.

Cristo es la verdadera sabiduría que han entrevisto nuestro Padres en la fe. Nuestros hermanos orientales han privilegiado incluso este título para calificar al Salvador. Así, cuando oímos en el final del evangelio de san Mateo: “Id a todas la naciones, haced discípulos, bautizadlos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, podemos afirmar sin abuso que esta misma Sabiduría que hoy nos envía en misión.

Oigo los temores de algunos. ¿Cómo distinguir la misión del proselitismo? Una vez más, el Santo Padre nos abre una perspectiva clara: “no impondremos nada, sino que siempre propondremos.” Otros podrán tener una inquietud frente a las dificultades o a sus supuestas incapacidades. Aquí también la enseñanza evangélica nos conforta: “Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. En la fe, experimentamos esta presencia: para nosotros, hasta en nuestras debilidades, Dios habla.

El camino del anuncio es a la vez una exigencia de santidad, una experiencia de la proximidad y un testimonio comunitario.


Una exigencia de santidad.

La vida de los grandes santos nos enseña tras Jesús que toda proclamación solo lleva fruto si está hecha en la coherencia de una vida. Sabemos en efecto que no somos nosotros que tocamos el corazón de los hombres, sino el Espíritu de Dios que actúa en nosotros. Por eso, debemos nosotros mismos estar dispuestos a que el Espíritu “habite en nuestros corazones.” Así ser misionero consiste primero a seguir a Jesús en la radicalidad: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lc, 18-24) Esta exigencia nos invita a hacer la experiencia de la pobreza de los medios y de la humildad. Al seguir este camino nos encontramos muy lejos de la propaganda, del proselitismo y de la exuberancia de los medios. ¿Cómo no hacer memoria de todos estos hombres y de todas estas mujeres que en una vida escondida han sido semilla de cristianismo? El siglo XX, gran época de testigos y de mártires han dado un testimonio elocuente de ello.

La experiencia de los santos manifiesta que no existe misión allí donde los hombres no dejan el primer puesto a Cristo. En una compañía íntima con el Salvador, estamos invitados a sacar a la fuente para que nuestras vidas sean transparentes a la buena nueva del evangelio para ser unos misioneros del cotidiano.
La Encíclica Redemptoris Missio del venerado Juan Pablo II insiste en el víinculo entre santidad y Misión: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad: « La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia” (N° 90)

La experiencia de la proximidad

Recordémonos que los caminos de la misión son primero todos los de lo cotidiano y de la proximidad. En efecto, ¿cómo podríamos pronunciar una palabra audible y creíble sin amar a este mundo y sin ser los compañeros de cada hombre? Enviados por la Sabiduría, estamos ante todo invitados a la comprensión, a la misericordia y al encuentro. Viviendo de esta proximidad, Montfort “ha tocado todas las categorías sociales de su tiempo. Está a gusto en todos los medios: los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos, los laicos y los religiosos, los prisioneros de Poitiers y los deshollinadores de París” (Gendrot, Abrid a Jesucristo). Este camino de proximidad es también un camino de humildad, porque experimentamos, singularmente con los que nos son más familiares, es a veces necesario vivir el retiro para que el testimonio sea llevado por otros.


Un camino comunitario

No temamos afirmar que el anuncio de la Palabra se vive en la comunión de los santos. Así la oración de los contemplativos y de todos los orantes lleva unos frutos reales, aunque no medibles. La experiencia espiritual de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, ofrece el testimonio más elocuente. Pero, tenemos que ir más lejos aun en nosotros recordando que el Señor mismo designa la autenticidad de la vida comunitaria como el principal medio de acción misionera: “que sean uno, como tú y yo Padre somos uno, para que el mundo crea.” Toda la vida de la Iglesia como las de nuestras comunidades son interrogadas por esta enseñanza. En un mundo muchas veces marcado por las factures y las divisiones, este impulso misionero nos invita a ser unos apóstoles de la comunión en la Iglesia y en el mundo al recordarnos de la enseñanza de san Pablo: “Os he dejado el ministerio de la reconciliación”.

Como proponeros otra conclusión que la ofrecida por el papa Juan Pablo II en la clausura de la encíclica Redemptoris Missio:

“Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos. Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo.

Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con « María, la madre de Jesús » (Act 1, 14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu.

En vísperas del tercer milenio, toda la Iglesia es invitada a vivir más profundamente el misterio de Cristo, colaborando con gratitud en la obra de la salvación. Esto lo hace con María y como María, su madre y modelo: es ella, María, el ejemplo de aquel amor maternal que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres. Por esto, «la Iglesia, confortada por la presencia de Cristo, camina en el tiempo hacia la consumación de los siglos y va al encuentro del Señor que llega. Pero en este camino... procede recorriendo de nuevo el itinerario realizado por la Virgen María».

A la « mediación de María, orientada plenamente hacia Cristo y encaminada a la revelación de su poder salvífico », confío la Iglesia y, en particular, aquellos que se dedican a cumplir el mandato misionero en el mundo de hoy.”

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire